No podemos limitarnos a un análisis de una realidad muchas veces distópica, sino que es necesario tomar conciencia de que existen opciones de cambio y estas están en nuestra posibilidad colectiva de actuar. Foto: PNUD Argentina-VG

 

 Los nuevos desafíos demandan más solidaridad

 

  OpEd publicada en Diario Clarín - 21 Feb 2022

 

El Reporte Especial del PNUD ´Nuevos desafíos para la seguridad humana en el Antropoceno´, recién publicado a nivel global, indica que 6 de cada 7 personas manifiestan que se sienten “algo inseguras o muy inseguras”. Esta opinión parece ser una contradicción frente a un mundo que, como nunca antes, cuenta con mayor riqueza material y dónde millones de personas han salido de la pobreza. ¿Por qué, a pesar de los logros en términos de educación, esperanza de vida e ingresos en las últimas décadas nos encontramos con una sensación difusa de inseguridad, temor e incertidumbre?

Este sentimiento común es, en gran medida, el resultado de la erosión en la seguridad humana a nivel global. Diferentes amenazas interconectadas determinan esta erosión: a desafíos estructurales como las desigualdades múltiples y los conflictos violentos, se suman nuevos factores profundizados por la pandemia, como el acceso a las tecnologías digitales y a los sistemas universales de salud. Mas de mil millones de personas están desplazadas o viven como refugiados huyendo de conflictos, más personas cada día se ven afectadas por los efectos del cambio climático, el crimen online ha aumentado de un 600% durante la pandemia, mientras asistimos a una progresiva radicalización de los social media y un acceso desigual a las vacunas.

Las presiones planetarias que ejercemos en el Antropoceno -caracterizada por el accionar de los humanos que generan shocks negativos más profundos y crisis sistémicas más recurrentes- exacerban estas amenazas, y plantean la necesidad de ampliar el enfoque de seguridad humana más allá de la protección individual. Hablamos de seguridad humana basada en las personas, en lugar de seguridad territorial basada en la defensa de un territorio.

Para hacer frente a la fuerza corrosiva de la inseguridad, hay que abordar el concepto fundamental de la confianza mutua, dado que existe una correlación directa entre los dos fenómenos. Es por eso que estas nuevas amenazas requieren de un enfoque basado en la solidaridad que integre y supere las dimensiones tradicionales de protección y empoderamiento.

Esta incorporación propone una transición desde una concepción de protección individual a una concepción colectiva de la seguridad humana, donde las instituciones y las políticas consideren de forma sistemática la interdependencia entre todas las personas y entre las personas y el planeta. No podemos limitarnos a un análisis de una realidad muchas veces distópica, sino que es necesario tomar conciencia de que existen opciones de cambio y estas están en nuestra posibilidad colectiva de actuar.

Las vulnerabilidades históricas y, aún más las que están emergiendo, requieren de transformaciones sistémicas con el objetivo de reforzar la confianza colectiva. Un enfoque de la protección basado en la solidaridad social implica reducir los riesgos a los individuos y socializarlos de forma colectiva. Esto adquiere especial importancia en la era del Antropoceno, ya que los riesgos actuales son menos propensos a ser absorbidos por las personas a través de mecanismos de mercado, al ser estos insuficientes o incapaces de procesar los riesgos de manera efectiva.

La pandemia ha provocado un retroceso de varias décadas en el desarrollo, y ha impactado con mayor rapidez y profundidad a quienes ya eran vulnerables, se encontraban marginados o contaban con escasos recursos y capacidades. Esto, a su vez, ha aumentado las desigualdades y ha agravado los desequilibrios sociales.

En ausencia de mecanismos de gobernanza efectivos para procesarlas pacíficamente, estas tensiones pueden debilitar el tejido social, al erosionarse la capacidad de alcanzar y sostener nuevos acuerdos. Las desigualdades del desarrollo humano afectan también las brechas de empoderamiento, limitando el espacio para las deliberaciones y la acción colectiva.

Es necesario un nuevo marco de acción para lograr mayores niveles de seguridad humana, que incluya la construcción de mayores niveles de solidaridad. Una clara manifestación son las acciones de cooperación que han requerido la lucha contra el Covid19. La capacidad de mantener valores y asumir compromisos -independientemente de si promueven el bienestar propio- y actuar en concordancia en la toma de decisiones, es una advertencia que, al diseñar y evaluar políticas sobre seguridad humana, los logros de bienestar por sí solos no son suficientes, especialmente cuando van en detrimento del empoderamiento o el compromiso con la solidaridad.

Si bien el concepto de solidaridad no es nuevo, estamos frente a un panorama de desarrollo global que presenta nuevos desafíos, que se suman e interactúan con los tradicionales. Las nuevas realidades están produciendo cambios sistémicos en nuestras sociedades y en nuestro planeta, muchas veces disruptivos e imprevisibles, contribuyendo a un sentimiento difuso de inseguridad y conflictividad, que amplía brechas y dificulta alcanzar acuerdos. A la misma vez, contamos con innovación, recursos y capacidades para hacer frente a estos desafíos en niveles sin precedentes. Si queremos explorar opciones de desarrollo viables, necesitamos salir del ámbito individual, crear confianza y buscar compromisos colectivos. Por ello, hoy, más que nunca, necesitamos de una mayor solidaridad.

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